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Archive for the ‘Relatos’ Category

La princesa pedorra

Algunos ya conocéis a Agustín porque lo presenté en el foro (y por cierto que soy yo la que tiene pendiente una contestación-preguntas a lo último que escribió).

Como la luna, tiene su “cara oculta“, con la que me ha sorprendido (y me ha sacado un par de sonrisas también) enviándome un relato corto para publicar en el blog.

Os dejo pues  con La princesa Pedorra de Agustín.  Espero que os guste y os haga sonreir:

En un país más lejano aún que el más lejano de los países, vivió hace mucho, mucho tiempo, mucho antes incluso de que naciera el primer dinosaurio, una joven, hija de reyes, a la que le gustaba tirarse pedos todo el rato. Por eso la gente la llamaba la Princesa Pedorra, aunque su nombre era Adela. Con mucha sorna algunos, por considerarla loca o ida, le cambiaban ligeramente el nombre llamándola Adelaida. Los súbditos del reino, a menudo, cuando la veían, siempre acompañada por miembros de la guardia real, hacían con la boca ruidos de pedorretas; pero eso era  interpretado por ella al revés de lo que su comitiva: „El pueblo me aclama“, decía, y respondía feliz con una nueva sarta de sonoros petardazos, al tiempo que saludaba, tímida, con su manita delicada y fina y su sonrisa deslumbrante.

Dibujo: Atardecer, LeninaLibre

Porque, queridos amiguitos y amiguitas, si os estabais imaginando a nuestra princesa llena de granos en la cara y gorda como un hipopótamo os equivocáis de principio a fin: Adela era la joven más elegante y bella que había nacido en aquel reino desde hacía siglos. Sólo para verla  venían de muy lejos multitudes de extranjeros, muchos de los cuales le entregaban regalos aprovechando el momento que pasaba por su lado. Imaginaos sus caras cuando por primera vez la oían, al tiempo que saludaba, cantar con el culo tormentas y vendavales. Afortunadamente no olían.

„Hija mía ven aquí“, le dijo un día su padre. „Ya no puedes ir por ahí tirándote pedos. Eres una mujercita y ya no una niña.“ Y entonces Adela se echaba a llorar. A lo que la madre, increpando al rey decía: „¿Ves lo que consigues? Déjala en paz, que se tire los que quiera.“ Y prosiguiendo decía: „Ven aquí hija mía y no hagas caso a este tonto.“

Paseábase por los extravagantes pasillos de su extravagante palacio el rey, cuando otro día, por accidente, oyó la conversación que mantenían dos centinelas entre sí, aprovechándose de que una puerta estaba entreabierta, y detenido de espaldas, como contemplando un enorme cuadro que se hallaba colgado en la pared y titulado „Ventiscas Cavernosas.“ Y esto es lo que oyó:

-Ese joven, cuyo nombre desconozco, me han asegurado que se los tira de campeonato y, aunque no suenan, la gente  desearía oírlos para por lo menos tener la opción de salir corriendo pues, me han dicho, impregnan el ambiente de un hedor tal que ya quisieran para sí los muertos más añejos.

-He oído yo también algo acerca de él. Parece ser que los cazadores del lugar le pidieron colaborar para aturdir a las presas pero que se negó aludiendo que jamás utilizaría su don para perjudicar a los animales.

El rey decidió intervenir.

-¡Centinelas!

-¡Válgame Dios bendito, qué susto! ¿Pues qué quiere Su Majestad?

-Perdonad que os interrumpa en vuestra hora de trabajo pero no he podido evitar escuchar vuestra conversación. ¿Podríais decirme dónde vive el joven del que hablabais?

-Pues claro que sí aunque ahora mismo no lo recordamos muy bien, ¿verdad?

-No, será el cansancio que este trabajo nos provoca.

-¿Una semana de permiso será suficiente?

-Esperémoslo así, ¿verdad?

-Verdad.

Nadie entendía por qué el rey había organizado un concurso de  rarezas. El caso es que estaba todo dispuesto y todo el mundo acudía a los jardines de palacio, donde se había dispuesto un anfiteatro para la ocasión. Los asientos de las primeras filas se habían reservado para la familia real y su séquito. Cientos de personas habían llegado y ocupaban los asientos, vestidas con sus ropas más elegantes, y ansiosas de ver qué les deparaba el anunciado espectáculo en aquella soleada mañana de domingo.

Finalmente, cuando el acto estaba a punto de comenzar, hicieron su aparición el rey, la reina y, por supuesto, la princesa. Aunque para los tres hubo ovaciones, el cariño hacia Adelaida era notorio y más aún cuando ella les respondía con su vitoreada ristra de pedos, uno a uno festejado por la multitud. El pueblo los adoraba.

„¡Sus Majestades, princesa!“, intervino por fin el maestro de ceremonias, „¡damas y caballeros, niños y niñas, gracias por haber venido! La verdad es que había mucho ruido y la gente no acababa de sentarse y callarse. Pero siguió insistiendo: „¡Bienvenidos al concurso de rarezas! Resultaba difícil hacerse oír porque en aquellos tiempos no existía megafonía sino  únicamente  la ayuda de la potencia de  la voz y  la acústica del lugar. Cuando ya todo el mundo estaba en silencio volvió a repetir lo mismo otra vez. Y añadió:

-Lo que vais a ver aquí hoy es una exhibición de cualidades fuera de lo común. Dijo más cosas pero nada que nos interese aquí, así que doy paso enseguida a lo que pasó.

Empezaron a salir uno a uno los que tenían algo que mostrar. La verdad es que fue sorprendente pero, tras una hora o más, la gente estaba ya inmunizada de ver cosas nuevas y dejó de interesarse.

Había uno capaz de atraer a los pájaros silbando y consiguió que se posaran en sus brazos como cuatro o cinco que volaban por allí libres. Otro podía beber todo el agua que se le daba. Bebía y bebía sin parar y nadie sabía donde podía meter todo aquello. Se iba hinchando como un globo hasta que, repentinamente, empezaron a brotar de su piel una infinidad de finos chorritos de agua que lo desinflaron hasta como estaba antes.  Hubo uno que hizo levitar a toda la familia real en la primera fila con el solo poder de su mente, lo que hizo mucha gracia a los reyes, que no paraban de reír, pero ninguna a la princesa quien no pareció divertirse mucho durante el transcurso del espectáculo. Al principio la gente no supo cómo reaccionar, hasta que por fin, las risas reales deshicieron la duda; así que todos aplaudieron mucho. Salieron también al escenario un niño y un anciano, quienes intentaron explicar a la gente cómo era posible que el niño fuera el abuelo del viejo. No penséis que intentaron impresionar  con alguna complicada teoría científica. Simplemente explicaron que habían estado separados siempre y que se habían buscado el uno al otro por todos los lugares del mundo. Contó cada uno lo mucho que aquella búsqueda ingrata había acarreado, a lo largo de toda sus vidas,  de sufrimiento,  sinsabores y desgracias. Implicaron tanto al público que nadie paraba de llorar. Así que cuando la historia desembocó por fin en el feliz encuentro entre nieto y abuelo a nadie le importó quién era quién. Aplaudieron aliviados, y hasta a la princesita se le escapó una lagrimita que enjugó velozmente para que nadie la notara.

Y salieron algunos más a escena. Otro cantaba con cuatro voces que sonaban a la vez. Había que verlo. Salió también una ranita verde y pequeña que hablaba. Decía ser un príncipe y pidió, allí mismo, la mano de la princesa. Esta se horrorizó muchísimo y la gente se incomodó bastante pues no podían, seguramente, imaginar cómo aquello podría funcionar. De la preocupación dejó Adela de tirarse pedos súbitamente, por lo que el rey, también algo incómodo, pidió que se llevaran inmediatamente  a la ranita y que la dejaran en la charca más lejana posible. La ranita salió refunfuñando. Todo volvió a su ser. Todos pudieron ver también al peor estudiante del mundo. No sabía nada. Retó al público a que le preguntaran cualquier cosa  por fácil que fuera. Fue capaz de no responder bien a nada. La gente quedó maravillada.

Dibujo: S.O.S, LeninaLibre

Finalmente, tras una hora, a lo largo de la cual el público primero disfrutó pero luego empezó a hartarse, quizás por la dureza de los asientos que empezaban a clavarse en los culos, apareció la causa por la que el rey había organizado todo aquello. Se trataba naturalmente del joven apuesto que encontró en aquella pequeña villa, del que oyó hablar a los guardianes. Aunque se equivocó completamente ya que pensaba que si  lo presentaba a la princesa rodeado de otras rarezas, se daría por aludida y dejaría de tirarse pedos.  El rey nunca comprendió a su hija aunque la amara profundamente. Su esposa para esto era distinta, y aunque no congeniaran ambas, madre e hija,  sin embargo nunca le puso un pero a la indeseada costumbre. A diferencia de su esposo, ella se dio cuenta enseguida, nada más vio aparecer al joven y mostrara éste su olorosa habilidad, de la asombrosa compatibilidad de él con Adela. Todo el mundo allí también lo notó y se temió lo peor. Pero la simpatía que irradiaba la pareja era tanta que, superada la primera impresión, la idea no cayó tan mal. A partir de ahora tendrían que saludar a la comitiva real con una mano en la nariz; pero, ¿qué importaba eso si a cambio iban a poder ver feliz a su idolatrada princesa? Cuando ésta vio por primera vez al joven sobre el escenario, por supuesto no mostró mucho interés. Ella, como todos, estaba ya cansada de rarezas y con las posaderas a punto de reventar. Desde el centro del escenario, anunció el joven que se iba a tirar un pedo que, aunque no sonaría, iba a oler muy mal. Cosa que efectivamente sucedió. En cien metros a la redonda el aire se podía cortar con un cuchillo, tal era la densidad de su  pesado aroma. Sin embargo a los niños no parecía molestarles en absoluto. Sólo a los adultos les sorprendió mucho aunque nadie estaba disgustado. Al contrario, parecía divertirles mucho y se reían, reían y reían…, demasiado.

Que nadie haga recaer sobre mí la coherencia de los acontecimientos que allí ocurrieron. Yo sólo me limito a narrar lo que vi, aunque lógicamente también a mi me afectaron y no puedo olvidar lo que sentí. Yo juraría que la princesa se enamoró allí mismo en ese mismo instante del hombre que estaba en el escenario. No creo que sean necesarias muchas explicaciones. Los dos eran jóvenes, guapos y se tiraban pedos. Quizás si hubieran sido feos los dos, o sólo uno de ellos, hubiera ocurrido lo mismo, o no. Pero el caso es que los dos eran guapos. Y no está bien que yo lo diga. Sólo unos pocos meses después de aquello tuvo lugar la boda, a la que, por supuesto, estaba invitado todo el mundo. Ya os podéis imaginar cómo fue: como suelen ser todas las bodas entre príncipes, o entre príncipes y cenicientas, o entre princesas y ranas; las hemos visto en muchos cuentos  como para repetiros una vez más cómo fue. Hubo una diferencia significativa que sí hay que remarcar: todos y cada uno de los presentes usaban mascarilla excepto los novios y los niños que no la necesitaban.

Dibujo: Flecha de LeninaLibre

Los historiadores, conocedores de este evento que os narrado, fijan aquí el primer momento en que tuvo lugar el uso masivo de la mascarilla, esa pieza imprescindible en vuestro vestuario y en vuestro tiempo.

En lo que a mí respecta os diré que duermo muy confortablemente cubierto por mis sabanas, al calor y el olor de los pedos  que comparto con mi  princesa pedorra.

Agustín del Pino Valero (agosto 2010)

agustin.pinovalero@gmail.com


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